Jardín Botánico Tropicario de Bogotá

David Carmona, Melisa Arango, Sara Olier, Benjamín Gómez, Mateo Agudelo, Dg. Adriana García, Jamie NG, Teresa Tognetti Bottone, Carlos Andrés Palacio, Cristian Camilo Ríos, Milena Jaramillo, Sebastián Rosas, Héctor Ospina, Mauricio Álvarez, Katherine Agudelo, Carlos Betancur, Nadia Guacaneme.
Ubicación: Bogotá, Colombia
Proyecto: Paisaje
Categoría: Profesional
Programas: AutoCAD, SketchUp
Estado: Construido
Superficie: 3787 m²
Vidrio, acero, hormigón
Bogotá es la capital de Colombia y está situada en el centro del país, a 2.600 metros sobre el nivel del mar. El territorio que ocupa la ciudad se conoce como «la sabana de Bogotá», una meseta que forma parte de la cordillera oriental de los Andes. La ciudad está delimitada al este por un sistema montañoso conocido como las colinas orientales y al oeste por el río Bogotá. Hace unos 20 000 años, este territorio era un gran lago que unía las colinas y el río. Hoy en día solo quedan algunos vestigios de ese antiguo lago, ya que la ciudad drenó la gran mayoría de los humedales para su desarrollo urbano, pasando de 50 000 hectáreas a principios del siglo XX a solo 727, lo que supone apenas el 1,45 % de la superficie original. Este deterioro se debe en gran parte a la ignorancia generalizada sobre la importancia de los humedales en los ecosistemas.
La riqueza medioambiental del país contrasta con los altos niveles de deforestación y explotación de materias primas; la minería ilegal, la ganadería extensiva y la tala indiscriminada son algunos de los mayores problemas. Las altas tasas de especies en peligro de extinción han colocado a Colombia en la lista roja de los ocho países responsables de la mitad del deterioro del planeta. Como estrategia para la conservación y protección de los ecosistemas, el Jardín Botánico de Bogotá pone en marcha la iniciativa «Nodos de Diversidad» o «Nodes of Diversity», un ambicioso proyecto que busca llevar a cabo una nueva expedición botánica por diferentes zonas del país y que permitirá proteger y valorar algunos de los ecosistemas más amenazados del territorio colombiano.«El Tropicario», como se llama el proyecto, es la infraestructura principal de este plan. Será el espacio de exposición para dar a conocer los resultados de estas expediciones. El proyecto se ubica en el emplazamiento de una antigua estructura, que se encontraba muy deteriorada. La conservación de las palmas de cera que rodean el lugar de implantación fue un elemento decisivo del proyecto. Se trata de una especie de crecimiento muy lento, declarada árbol nacional y en peligro de extinción. Estas palmas viven más de 100 años y alcanzan alturas de hasta 70 metros. Hay más de 70 palmeras adultas de este tipo alrededor de El Tropicario. Esto hizo necesario utilizar un sistema de formas flexibles, para no afectar a los árboles.
Otra condición importante era integrar «El Tropicario» en la estructura del Jardín Botánico y en su sólida labor educativa y de formación profesional. «El Tropicario» forma parte del recorrido general del Jardín y la arquitectura propuesta está pensada para recorrerla a pie, así que no se podía concebir como un edificio cerrado por paredes. La pregunta inicial fue: ¿cómo relacionar el proyecto con el paisaje de la sabana de Bogotá? Esta pregunta exigía que el proyecto funcionara como un espacio para difundir y enseñar los valores medioambientales y las amenazas a las que se enfrenta este territorio, como forma de contribuir a la cultura del paisaje local. La respuesta pasó por entender el edificio como un sistema de partes relacionadas que forman un todo.Conceptualmente, las diferentes áreas del programa funcionan como espacios flotantes dentro de un humedal, que es el ecosistema de la sabana bogotana. Para ello, fueron importantes las referencias a la arquitectura anfibia desarrollada por la ingeniería prehispánica (chinampas, camellones, islas flotantes). El proyecto se compone de seis colecciones: Bosque Húmedo, Bosque Seco, Colecciones Especiales, Plantas Útiles, Superpáramos y Biodiversidad, y cada espacio tiene requisitos específicos de altura, temperatura y humedad. Estos espacios funcionan como módulos «flotantes», articulados a través de un humedal artificial, una propuesta que ya planteó el equipo de diseño en la fase del concurso.
Se fomentó el uso de sistemas pasivos de control de la temperatura que no necesitan sistemas de ventilación mecánica, utilizando cristales de distintos grosores y filtros, además de sistemas automáticos para abrir algunas zonas y regular la temperatura. Cada una de las estructuras se considera un colector de agua, con un óculo incorporado en la parte superior para recoger el agua de lluvia, que se conduce a lagos situados dentro del recinto y, de ahí, se traslada al humedal artificial del perímetro, el cual, a su vez, funciona como un gran depósito de agua que se utiliza para los sistemas de riego de la vegetación, creando así un ciclo cerrado. Un sistema de «esclusas», a modo de espacios de transición entre las diferentes colecciones, permite al visitante desplazarse de un espacio a otro, conservando las condiciones de temperatura necesarias para cada uno de ellos. Cada esclusa cuenta con los controles técnicos necesarios y salidas de emergencia. La emergencia medioambiental que está viviendo nuestro planeta hace que sea necesario concebir el proyecto público utilizando la lógica urbana y medioambiental de forma simbiótica, con el fin de salvaguardar el patrimonio medioambiental compartido.El Tropicario es un compromiso con la creación de una cultura paisajística en la que, partiendo del contexto local, se transmita un mensaje de urgencia global. El sistema estructural se basó en pilares de hormigón hincados a 30 metros de profundidad en el suelo, situados en el perímetro de las estructuras. El objetivo de este sistema era liberar el suelo dentro de los espacios para disponer de zonas donde sembrar a gran profundidad. Al llegar a la superficie, estos pilares se vaciaron para formar muros inclinados de hormigón que sirven de soporte a la estructura metálica, lo que les permite actuar como «macetas» dentro de los espacios, donde se puede contener parte de la tierra para las plantas y generar cambios en la topografía que permiten organizar las zonas de plantación de las diferentes especies. En los muros de hormigón armado se han instalado pilares metálicos de 30 cm x 10 cm, situados en el perímetro de cada espacio, formando «cestas estructurales» como estructura autoportante, lo que permite que no haya columnas en el interior.

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